Scriptura es una iglesia cristiana evangélica de tradición reformada, comprometida con la autoridad y suficiencia de las Escrituras, la centralidad del Evangelio y la predicación expositiva. Nuestra declaración doctrinal resume las convicciones bíblicas que creemos, enseñamos y procuramos vivir. Apreciamos también los credos, confesiones y declaraciones que, a lo largo de la historia, han expresado fielmente la fe cristiana.
De manera particular, nos identificamos con la Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689, y valoramos también la Confesión de Fe de Westminster, el Catecismo de Heidelberg y los grandes credos históricos de la Iglesia, como el Credo de los Apóstoles, el Credo de Nicea, el Credo de Constantinopla y el Credo de Calcedonia. Sin embargo, ninguna confesión, credo o tradición constituye nuestra autoridad final: las Sagradas Escrituras son nuestra norma suprema de fe y vida, y toda formulación doctrinal debe estar sometida a ellas. Como parte de este compromiso con la fe bíblica e histórica, estamos afiliados a la AEBEQ, colaborando con otras iglesias para el avance del Evangelio en Quebec.

Hay un solo Dios verdadero y viviente, infinito en su ser, poder y perfecciones. Dios es eterno, independiente y autosuficiente; tiene vida en sí mismo y no necesita de nadie ni de nada. Es espíritu, trascendente e invisible, sin limitaciones ni imperfecciones, inmutable y presente en todo lugar con la plenitud de su ser.
Su conocimiento es exhaustivo e incluye todas las cosas reales y posibles, de modo que nada —pasado, presente o futuro— está oculto ante sus ojos. Dios no está dividido en partes, sino que todo su ser comprende todos sus atributos: es completamente santo, amoroso, sabio, justo, bueno, misericordioso, lleno de gracia y verdadero.
Nuestro Dios es la fuente infinita del ser, quien creó todas las cosas, y todas las cosas existen por Él y para Él. Es supremamente poderoso para realizar toda su santa y perfecta voluntad, gobernando su creación con dominio absoluto, justicia, sabiduría y amor. En su trascendencia, Dios es incomprensible en su ser y en sus obras; sin embargo, se revela de tal manera que podemos conocerlo verdadera y personalmente.
El único Dios verdadero existe eternamente en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, infinitamente excelentes y gloriosos. Cada persona es plenamente Dios, compartiendo la misma deidad, atributos y naturaleza esencial; sin embargo, hay un solo Dios.
Cada persona es distinta, pero esta distinción no divide a Dios en tres partes, naturalezas o dioses. El Padre siempre ha existido como Padre, fuente no engendrada de toda vida. El Hijo siempre ha existido como Hijo, eternamente engendrado del Padre, increado y sin principio, de una misma esencia con el Padre. El Espíritu Santo siempre ha existido como Espíritu, procediendo eternamente del Padre y del Hijo y siendo de una misma esencia con ellos.
La Deidad existe así en perfecta unidad, indivisible en cuanto a naturaleza y sustancia, pero inseparablemente distinguida en personas que disfrutan de una plenitud de comunión y amor.
Las personas de la Trinidad, siendo una en naturaleza, están también inseparablemente unidas en sus obras externas, de manera que relacionarse con una persona es relacionarse con la Trinidad en su conjunto.
Sin embargo, dentro de esta unidad existen distinciones en la manera en que las personas divinas se relacionan entre sí y con la creación, aunque no existe diferencia alguna en esencia o atributos.Dentro de la Deidad, las relaciones ordenadas entre las personas son eternas, pero sin desigualdad alguna. En las obras de creación, providencia y redención, las personas cumplen funciones acordes con sus relaciones eternas: el Padre origina, el Hijo realiza y el Espíritu completa.
Sin embargo, los tres, aunque distintos, no están divididos ni mezclados; son de una misma esencia, iguales desde toda la eternidad y dignos de ser adorados como el único Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Desde toda la eternidad, Dios ordenó soberanamente todo cuanto existe y todo cuanto ocurre en su creación, con el propósito de manifestar la plenitud de su gloria. Los planes de Dios son eficaces y siempre se cumplen; son universales y abarcan todos los asuntos de la naturaleza, la historia y las vidas individuales.
Estos decretos son expresión de su voluntad libre, inmutable, sabia y santa. Sin embargo, Dios, en su preordenación, no es autor del pecado, ni sus decretos anulan la voluntad de sus criaturas, quienes actúan con capacidad de elección conforme a su naturaleza.
El hecho de que Dios ordene y gobierne todas las cosas es compatible con la responsabilidad moral de sus criaturas, de manera que Dios jamás condena injustamente a una persona. Por tanto, todas las personas son responsables de sus acciones, las cuales tienen consecuencias reales y eternas.
Dios, en su gran amor, antes de la fundación del mundo, escogió a aquellos a quienes salvaría en Cristo Jesús. La elección de Dios es enteramente por gracia y no está condicionada en modo alguno por una fe, obediencia, perseverancia o mérito previstos en aquellos a quienes Dios ha escogido.
Su decisión de poner su amor salvador sobre los elegidos se fundamenta enteramente en su voluntad soberana y en su beneplácito. El número de los elegidos de Dios está determinado para la eternidad, y ninguno de los que han sido escogidos por Dios se perderá.
En el misterio de su voluntad, Dios pasa por alto a los no elegidos, reteniendo su misericordia y castigándolos por sus pecados como manifestación de su santa justicia e ira. Así como Dios ha destinado a los elegidos para la gloria, también ha preordenado todos los medios necesarios para llevar a cabo sus propósitos salvadores.
Aquellos a quienes ha predestinado son redimidos por Cristo, llamados eficazmente a la fe por su Espíritu, justificados, adoptados, santificados y guardados por el poder de Dios hasta el fin. Dios hace todo esto para manifestar su misericordia, para alabanza de la gloria de su gracia.Aunque está rodeada de misterio, la doctrina de la elección no debe producir especulación, introspección, apatía ni orgullo, sino humildad, gratitud, seguridad, pasión evangelística y alabanza eterna por la gracia inmerecida de Dios en Cristo.
En el principio, el Dios trino creó libremente de la nada el universo y todo cuanto hay en él mediante la palabra de su poder, para su propio deleite y para manifestar su gloria. Dios declaró que toda su creación era muy buena y, aun en su estado caído, esta proclama su grandeza y debe ser disfrutada y administrada para su gloria.
Como Creador supremo, Dios es distinto y trascendente sobre todo lo que ha creado. Como Señor soberano, está presente con su creación para sostener todas las cosas, gobernar todas las criaturas y dirigir todas las circunstancias conforme a su santa y amorosa voluntad.
En todo, Dios actúa supremamente para su gloria y para el bien de su pueblo en Cristo, concediéndonos gran consuelo y una esperanza inconmovible en su amor, sabiduría y fidelidad hacia nosotros, tanto en esta vida como en la eternidad.
Dios creó al ser humano, varón y mujer, a su propia imagen como corona de la creación y objeto de su cuidado especial. Dios creó directamente a Adán del polvo de la tierra y a Eva del costado de Adán, como padres de toda la raza humana.
Fueron creados para conocer y glorificar a su Creador, confiando en su bondad y obedeciendo su palabra. Dios les dio dominio sobre toda la creación para llenar, sojuzgar y administrar la tierra como sus representantes.T
odos los seres humanos son igualmente creados a imagen de Dios. A pesar de los efectos de la caída sobre la humanidad pecadora, todas las personas continúan siendo portadoras de la imagen de Dios, capaces de tener comunión con Él y poseedoras de dignidad y valor intrínsecos en cada etapa de la vida, desde la concepción hasta la muerte.
La redención en Cristo restaura progresivamente a hombres y mujeres caídos a su verdadera humanidad a medida que son conformados a la imagen de Cristo.
Los hombres y las mujeres han sido creados a imagen de Dios y son iguales delante de Él en dignidad y valor. El género, determinado por Dios mediante nuestro sexo biológico, no es incidental a nuestra identidad ni fluido en su definición, sino esencial a nuestra identidad como varón y mujer.
Aunque la caída distorsiona y daña el diseño de Dios para el género y su expresión, estos continúan formando parte de la belleza del orden creado por Dios. Hombres y mujeres reflejan y representan a Dios de maneras distintas y complementarias, y estas diferencias deben ser honradas y celebradas en todas las dimensiones de la vida.
Negar o procurar eliminar estas diferencias significa distorsionar una manera fundamental en la que glorificamos a Dios como varón y mujer.
La masculinidad y feminidad bíblicas enriquecen el florecimiento humano en todas sus dimensiones. Dios instituyó el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer que se complementan mutuamente en una unión de una sola carne que, en última instancia, sirve como figura de la unión entre Cristo y su Iglesia. Este continúa siendo el único patrón normativo de relaciones sexuales para la humanidad.
Los esposos deben ejercer su liderazgo de manera sacrificial y humilde, y las esposas deben servir como ayuda para sus esposos, apoyando voluntariamente y sometiéndose a su liderazgo. Juntos, estos roles complementarios traen gozo y bendición el uno al otro y muestran al mundo la belleza de los propósitos de Dios.
Los hombres y mujeres solteros no tienen menor capacidad para disfrutar y honrar a Dios ni son menos importantes para sus propósitos. También están llamados a expresar la imagen de Dios de maneras distintas y complementarias, floreciendo como portadores de su imagen y glorificándolo en su soltería.
Dios creó originalmente al ser humano inocente y justo, sin mancha ni corrupción. En este estado, Adán y Eva disfrutaban de plenitud de vida en comunión con Dios, deleitándose en Él y en su justa voluntad, aunque eran capaces de transgredir.
A pesar de estos privilegios, fueron engañados por Satanás y pecaron voluntariamente contra su Creador haciendo aquello que Él había prohibido. En su rebelión dudaron de su carácter, rechazaron su autoridad y desobedecieron su palabra.
La transgresión del mandato de Dios produjo enemistad con Dios y la maldición de la muerte. Debido a que Dios había establecido a Adán como cabeza representativa de la raza humana, su pecado fue imputado a todos sus descendientes, trayendo culpa, condenación y muerte a la humanidad. Por tanto, todos somos por naturaleza corruptos e inclinados al mal desde la concepción.
De la corrupción heredada de la humanidad surgen todos los pecados que cometemos. Todas las personas son ahora por naturaleza enemigas de Dios, viven bajo el poder de Satanás, están sujetas a la maldición de la ley y merecen el castigo eterno.
Además, toda la naturaleza humana ha sido corrompida por la caída, y ninguna parte del ser humano permanece sin ser afectada por el pecado. Aunque las personas caídas continúan llevando la imagen de Dios y manifiestan las virtudes de la gracia común, son incapaces de agradar a Dios, merecer su favor o liberarse por sí mismas de la esclavitud del pecado.
Sus corazones están endurecidos, su entendimiento oscurecido, sus conciencias corrompidas, su visión espiritual cegada y sus obras son malas. Por tanto, todas las personas están muertas en pecado y sin esperanza aparte de la salvación en Jesucristo.
La maldición de la caída no solo corrompió a la humanidad, sino también todo el orden creado, sometiendo al mundo a vanidad, corrupción y muerte. Tanto la creación maldita como el mal moral producen calamidad, sufrimiento, hostilidad e injusticia en el mundo. El gemido del orden creado nos recuerda nuestra condición caída y nos lleva a anhelar la redención de todas las cosas bajo Cristo.
En la plenitud del tiempo, Dios Padre envió al mundo a su Hijo eterno, la segunda persona de la Trinidad, como Jesús el Cristo. Fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María, asumiendo una naturaleza plenamente humana con todos sus atributos y debilidades, pero sin pecado.
En esta unión, dos naturalezas completas, perfectas y distintas quedaron inseparablemente unidas en la única persona del Hijo divino, sin confusión, mezcla ni cambio. Nuestro Redentor actuó en y por medio de sus naturalezas humana y divina de maneras apropiadas a cada una, preservándose ambas naturalezas sin que ninguna fuera disminuida por la otra.
Sin embargo, tanto su naturaleza humana como su naturaleza divina están unidas y encuentran expresión en la única persona del Hijo eterno. Así, nuestro Señor Jesucristo, Dios Hijo encarnado, es plenamente Dios y plenamente hombre, capaz de ser nuestro Salvador plenamente suficiente y el único Mediador entre Dios y los hombres.
Como Hijo de Dios encarnado, nuestro Señor Jesucristo inauguró el reino de Dios, cumpliendo los propósitos salvadores de Dios y todas las profecías del Antiguo Testamento acerca de Aquel que había de venir: Él es la simiente de la mujer, la simiente de Abraham, el Profeta semejante a Moisés, el Sacerdote según el orden de Melquisedec, el Hijo de David, el Siervo sufriente y el Mesías designado por Dios.
Como tal, fue ungido por el Espíritu Santo y vivió una vida sin pecado en completa obediencia a su Padre. Jesús entró plenamente en la existencia humana, soportando las debilidades, tentaciones y sufrimientos comunes de la humanidad.
Reveló perfectamente el carácter de Dios, enseñó con autoridad divina y absoluta veracidad, manifestó el amor y la compasión de Dios y demostró su señorío mediante milagros y el ejercicio de prerrogativas divinas.
Habiendo obedecido plenamente a su Padre durante su vida, nuestro Salvador también fue obediente hasta la muerte. Fue crucificado bajo Poncio Pilato, muriendo una muerte sustitutoria por los pecados de su pueblo.
Fue sepultado y resucitó corporalmente de entre los muertos al tercer día, vindicando su identidad y su obra salvadora como Mesías de Dios y garantizando la derrota de la muerte, nuestra futura resurrección y la glorificación de nuestros cuerpos físicos.
Cuarenta días después, Jesús ascendió corporalmente al cielo, donde ahora está entronizado a la diestra de Dios, reinando sobre todas las cosas e intercediendo por su pueblo como su gran Sumo Sacerdote.
Un día regresará para juzgar a todos los seres humanos y a los ángeles, poner a todos sus enemigos bajo sus pies y habitar para siempre con su pueblo.
En la totalidad de su vida y muerte, Jesucristo se humilló para servir como nuestro Mediador en obediencia a los propósitos salvadores de su Padre. Como el segundo Adán, su vida sin pecado y de obediencia absoluta a la ley de Dios obtuvo el don de la justicia perfecta y la vida eterna para todos los elegidos de Dios.
En su muerte sustitutoria a favor de su pueblo, Cristo se ofreció a sí mismo por el Espíritu como sacrificio perfecto, satisfaciendo las demandas de la ley de Dios al pagar completamente la pena por sus pecados.
En la cruz, Cristo llevó nuestros pecados, recibió nuestro castigo, propició la ira de Dios contra nosotros, vindicó la justicia de Dios y compró nuestra redención para que pudiéramos ser reconciliados con Dios y vivir con Él en bendita comunión para siempre.
Dios Padre se complació en aceptar el sacrificio de Cristo como expiación completa por el pecado, levantándolo a una nueva vida y vindicando su identidad y obra como Mesías.Para quienes ponen su fe en Jesucristo, la justicia de Dios no requiere ningún sacrificio adicional por el pecado, ni existe logro o mérito humano alguno que deba añadirse a la obra de Cristo.
La obra expiatoria de Cristo es completamente eficaz y asegura la plena salvación de todos los elegidos mediante la adquisición del perdón de los pecados, los dones de la fe y el arrepentimiento, la vida eterna y toda otra bendición que pertenece al pueblo de Dios.
Como la única y suficiente expiación por el pecado, la obra salvadora de Cristo debe ser proclamada a todas las personas sin excepción como el único medio de reconciliación con Dios. No existe otro Mediador entre Dios y los hombres que nuestro Salvador Jesucristo, y Él recibirá con amor redentor a todos los que vengan a Él por la fe.
La exaltación de Cristo en su resurrección, ascensión y reinado revela la plena gloria de su obra mediadora. Resucitado por el poder de Dios, Cristo triunfó sobre el pecado, la muerte y Satanás y, como primicias de la nueva creación, da vida eterna a todos los que están unidos a Él por la fe.
Habiendo ascendido a la diestra del Padre, Cristo derrama el Espíritu sobre su pueblo e intercede por ellos como gran Sumo Sacerdote, defendiendo continuamente su causa y concediéndoles acceso a la presencia de Dios.Como Señor exaltado, Cristo reina con toda autoridad como Rey universal y cabeza de su Iglesia, gobernando los asuntos de los hombres y las naciones y capacitando a su pueblo para vencer sobre el pecado y Satanás.
La consumación de la obra salvadora de Cristo tendrá lugar cuando regrese para juzgar al mundo con justicia, entregar el reino a su Padre y recibir adoración eterna como Rey de reyes y Señor de señores.
El Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad, quien procede eternamente del Padre y del Hijo. Es igual en deidad, atributos y naturaleza al Padre y al Hijo, y junto con ellos debe ser adorado y glorificado.
El Espíritu manifiesta la presencia activa de Dios en el mundo, dando vida en la creación y en la nueva creación. Existiendo eternamente con el Padre y el Hijo, el Espíritu es el agente de toda bendición para las criaturas de Dios y hace posible nuestra comunión con Él.
El Espíritu eterno estaba presente en el principio de la creación de Dios, llevando a cabo la palabra creadora de Dios y dando vida a todas las cosas.
En la obra de Dios bajo el antiguo pacto, el Espíritu estaba presente con el pueblo de Dios para consagrar, liberar, guiar y conceder fe salvadora en las promesas de Dios. Capacitó a los profetas para revelar la Palabra de Dios, designó ancianos para impartir juicio, levantó jueces para traer liberación, ungió sacerdotes y reyes como sus representantes e inspiró el registro de la revelación del antiguo pacto.
A través de todas las instituciones y oficios del Antiguo Testamento, la obra del Espíritu señalaba hacia la revelación definitiva de Dios por medio de su Hijo Jesucristo.
La obra del Espíritu en el nuevo pacto se centra en Cristo y en la Iglesia. Por el Espíritu Jesucristo fue concebido y nació de una virgen, fue ungido para cumplir su ministerio terrenal, capacitado para ofrecer su vida como sacrificio y resucitado con poder.
Después de que Cristo ascendiera a la diestra del Padre, el Espíritu Santo prometido descendió en Pentecostés e inauguró la nueva era de la plenitud del Espíritu, habitando en los creyentes y capacitándolos para la vida y el servicio.
El Espíritu glorifica a Cristo y da testimonio de Él, convenciendo al mundo de pecado, justicia y juicio. Inspiró el registro de la revelación del nuevo pacto y la hace eficaz en los corazones de las personas mediante el don de la regeneración.Ilumina la Palabra de Dios para su pueblo, les asegura el amor de Dios, los consuela con su presencia, intercede por ellos y los santifica conformándolos a la imagen de Cristo. El Espíritu es el vínculo de nuestra unión con Cristo, el sello de nuestra salvación, las primicias de nuestra redención y la garantía de nuestra herencia.
El Evangelio es la buena noticia de Jesucristo y de todo lo que Él hizo en su vida, muerte, resurrección y ascensión para realizar la salvación de la humanidad.
Por tanto, el Evangelio no es una acción ni un logro humano, sino una obra divina, histórica y objetiva que permanece verdadera e inmutable independientemente de la opinión o respuesta humana.El Evangelio constituye el mensaje central de la Biblia, la cual en todas sus partes da testimonio de los actos salvadores de Dios que culminan en la persona y obra de Cristo.
Esta buena noticia es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree, ofreciendo esperanza a los perdidos y consuelo y fortaleza permanentes al creyente. No hay salvación aparte de Jesucristo, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos.
Dios ordena que el Evangelio sea proclamado a todas las personas en todo lugar, pero todas las personas están espiritualmente muertas e incapacitadas para responder a esta noticia salvadora. Por tanto, Dios llama en su gracia y eficazmente a sí mismo a aquellos que escogió salvar en Cristo.
Por medio de la proclamación del Evangelio, el Espíritu Santo regenera a los elegidos y los lleva a una unión viva con Cristo, concediéndoles nueva vida espiritual, abriendo sus ojos para contemplar la gloria de Dios en Cristo y capacitándolos para responder al Evangelio con fe y arrepentimiento.Con un corazón y una mente renovados, recibimos a Cristo y descansamos plenamente en Él para nuestra salvación, apartándonos de nuestra vida pecaminosa y centrada en nosotros mismos para amar y seguir a Cristo en gozosa obediencia.
Solo quienes responden de esta manera al Evangelio serán salvos; sin embargo, incluso esta respuesta es un don de la gracia misericordiosa de Dios, asegurando que solo Él reciba la gloria por nuestra salvación.
En su unión con Cristo, los creyentes reciben gratuitamente todos los beneficios del Evangelio. A aquellos a quienes Dios llama eficazmente a sí mismo, los justifica en Cristo, perdonando todos sus pecados y declarándolos justos y aceptables delante de Él.
Esta declaración es judicial, pues se refiere no a nuestra naturaleza sino a nuestra condición ante la ley de Dios; es definitiva, pues no se obtiene gradualmente ni puede perderse; y es por gracia, un don gratuito de la justicia de Dios basado en nada realizado en nosotros o por nosotros, sino recibido gratuitamente por la fe.
El único fundamento de nuestra justificación es la justicia de Cristo, cuya vida de perfecta obediencia nos es imputada y cuya muerte sustitutoria en nuestro lugar satisface completamente las demandas de la justicia de Dios respecto de nuestros pecados.
A aquellos a quienes Dios justifica, también adopta en su familia, concediéndoles la plena condición, los derechos y los privilegios de hijos amados. Como hijos de Dios, recibimos su nombre, disfrutamos de acceso a su presencia, experimentamos su cuidado y disciplina y esperamos con anhelo la gloriosa herencia que promete a los suyos.
Como Salvador plenamente suficiente, Cristo también santifica a su pueblo, limpiándolo de la impureza del pecado y apartándolo para Dios y para su servicio.
La obra renovadora del Espíritu Santo rompe su esclavitud al pecado y a Satanás y los levanta a una nueva vida, capacitando a los creyentes para hacer morir el pecado y crecer en semejanza a Cristo.La santificación es, por tanto, tanto un acto definitivo de Dios como una obra progresiva del Espíritu. Los creyentes deben perseverar en fe y obediencia para ser salvos. Sin embargo, esta perseverancia también es un don de Dios en Cristo, quien preserva a los suyos y los guarda seguros para siempre.
La meta final de la santificación es nuestra plena conformidad a la imagen de Cristo, que finalmente tendrá lugar cuando los creyentes sean resucitados físicamente con Cristo en gloria, libres del pecado y gozándose para siempre en la presencia de Dios.
Cuando Cristo ascendió, derramó el Espíritu Santo sobre la Iglesia, inaugurando una experiencia mayor de la presencia y el poder de Dios entre su pueblo. El Espíritu transforma los corazones mediante el milagro de la regeneración y habita en todos los creyentes en la abundante medida del nuevo pacto.
El Espíritu también desea llenar continuamente al pueblo de Dios con mayor poder para la vida cristiana y el testimonio. Ser lleno del Espíritu significa estar más plenamente bajo su influencia, más consciente de su presencia y ser más eficaz en su servicio.
Por tanto, todos los cristianos deben procurar continuamente ser llenos del Espíritu, viviendo y orando de una manera que invite la obra del Espíritu entre nosotros y anhelando activamente que Dios cumpla sus propósitos de gracia en nosotros y por medio de nosotros.
La llenura del Espíritu produce en el pueblo de Dios un conocimiento más profundo de Cristo, un mayor deseo de santidad, un compromiso más fuerte con la unidad y el amor, mayor fruto en el ministerio y una gratitud más profunda por nuestra salvación.
Cristo ama a la Iglesia, su cuerpo, y provee para su salud y crecimiento por medio del Espíritu Santo. Además de dar nueva vida, el Espíritu concede soberanamente dones a cada creyente.
Los dones espirituales son aquellas capacidades y manifestaciones del poder de Dios concedidas por su gracia para la gloria de Cristo y la edificación de la Iglesia. La diversidad de estos dones —algunos permanentes y otros ocasionales, algunos más naturales y otros más extraordinarios— refleja la diversidad de los miembros del cuerpo de Cristo y demuestra nuestra necesidad unos de otros.
Los dones no deben ejercerse con temor, orgullo ni desorden, sino con fe, amor y orden, y siempre sometidos a la autoridad de las Escrituras como revelación final de Dios.
Con excepción de aquellos entre los apóstoles que fueron comisionados como testigos oculares de Cristo y receptores de revelación normativa, toda la gama de dones espirituales continúa operando en la Iglesia y es dada para el bien de la Iglesia y su testimonio ante el mundo. Por tanto, debemos desearlos fervientemente y practicarlos hasta que Cristo regrese.
Todos los creyentes, en virtud de su unión con Cristo, son progresivamente transformados a su imagen. Aunque el poder dominante del pecado en nuestras vidas ha sido quebrantado, permanecen en nuestros corazones restos de corrupción contra los cuales lucharemos durante toda nuestra vida.
Este proceso de crecimiento de toda la vida ocurre mientras el Espíritu nos capacita para permanecer en Cristo y procurar la santidad en cada área de nuestra vida. Descansar en la obra consumada de Cristo nunca hace innecesario nuestro esfuerzo; más bien, hace posible la búsqueda gozosa de amar y agradar a Dios.
Impulsados por la gracia, los creyentes crecen en el conocimiento de Dios, obedecen los mandamientos de Cristo, caminan por el Espíritu, hacen morir el pecado y procuran las prioridades y propósitos de Dios.Aunque estas acciones no son el fundamento de nuestra salvación, demuestran la autenticidad de nuestra salvación y son medios mediante los cuales Dios nos mantiene fieles hasta el fin.
Entre los muchos medios públicos y privados de gracia, la Palabra de Dios, la oración y la comunión son instrumentos principales de nuestra santificación, fomentando nuestra comunión con Dios y formándonos juntos para glorificarlo, amar a los demás y dar testimonio de Cristo en el mundo.
Vivir la vida cristiana implica anhelar y esperar el regreso del Señor Jesucristo. Aunque los creyentes son nuevas criaturas en Cristo y disfrutan actualmente de las bendiciones del poder de su resurrección, su santificación continúa siendo parcial e incompleta en esta vida.
Además, continúan viviendo en cuerpos mortales dentro de una creación sujeta a vanidad y enfrentando la oposición del mundo, la carne y el diablo.
La Palabra de Dios nos asegura que somos sus hijos amados, pero esta seguridad no elimina la realidad del sufrimiento, el dolor y la persecución en la presente era. El Evangelio nos permite gozarnos en medio de las tribulaciones, seguros de que sus propósitos obran para nuestro bien aun en circunstancias que no comprendemos.
Puestos los ojos en Jesús, perseveramos en la fe y abundamos en esperanza, confiados en que se acerca rápidamente el día en que el pecado y el dolor dejarán de existir.
La Iglesia universal es la verdadera comunidad adoradora del pueblo de Dios, compuesta por todos los elegidos de todos los tiempos. A lo largo de la historia de la salvación, Dios, mediante su Palabra y su Espíritu, ha estado llamando a personas pecadoras de toda la raza humana para crear una nueva humanidad redimida, comprada por Cristo con su sangre.
Con el derramamiento del Espíritu en Pentecostés, el pueblo de Dios fue constituido como su Iglesia del nuevo pacto, en continuidad con el pueblo de Dios del antiguo pacto, pero ahora llevado a su cumplimiento mediante la obra de Cristo.
Todo el pueblo de Dios está unido en un solo cuerpo —con Cristo como cabeza suprema, sustentadora y dadora de vida— y apartado para la posesión y los propósitos de Dios.
Como expresión de la Iglesia universal de Cristo, la iglesia local es el centro del plan de Dios para llevar a su pueblo a la madurez y salvar a los pecadores. Por tanto, todos los cristianos deben unirse como miembros comprometidos a una iglesia local específica.
Una iglesia verdadera se caracteriza por la predicación fiel de la Palabra, la correcta administración de los sacramentos y el ejercicio apropiado de la disciplina eclesiástica.Incluso las iglesias verdaderas son imperfectas: con frecuencia contienen una mezcla de incrédulos ocultos entre el verdadero rebaño y son vulnerables al error teológico y al fracaso moral. Sin embargo, Cristo permanece inquebrantable en su compromiso de edificar su Iglesia y ciertamente la llevará a la madurez.
Cristo ha dado a la Iglesia los oficios de anciano y diácono. Los ancianos ocupan el oficio de gobierno y están llamados a enseñar, supervisar, cuidar y proteger el rebaño que el Señor les ha confiado. Los diáconos atienden las diversas necesidades de la iglesia mediante actos de servicio.
Dios da a estas y otras personas como dones para servir y equipar a los santos para la obra del ministerio y para la edificación del cuerpo de Cristo.De acuerdo con el diseño creado por Dios, las Escrituras reservan el oficio de anciano para los hombres; sin embargo, tanto hombres como mujeres pertenecen a un sacerdocio real en el cual cada miembro ha sido dotado por Dios para desempeñar un papel vital en la vida y misión de la Iglesia.
Los sacramentos son preciosos medios de gracia que representan los beneficios del Evangelio, confirman sus promesas al creyente y distinguen visiblemente a la Iglesia del mundo.El Señor Jesús instituyó dos sacramentos, el bautismo y la Cena del Señor, para que fueran observados fielmente por la Iglesia hasta su regreso.
El bautismo es un sacramento iniciatorio que no se repite, destinado a quienes llegan a la fe en Cristo, y representa el perdón de sus pecados y su unión con Cristo en su muerte y resurrección. Mediante la inmersión en agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, el creyente proclama públicamente su fe en Cristo y representa su entrada en el cuerpo de Cristo.
Aunque es ordenado por Cristo y constituye un verdadero medio de gracia, la gracia no está ligada al bautismo de tal manera que nadie pueda ser salvo sin él, ni que toda persona bautizada sea por ello salva.
En la Cena del Señor, la iglesia reunida come el pan, que representa el cuerpo de Cristo entregado por su pueblo, y bebe la copa del Señor, que representa su sangre derramada por nuestros pecados.
Al observar este sacramento con fe y un sobrio examen de nosotros mismos, recordamos y proclamamos la muerte de Cristo, tenemos comunión con Él y recibimos alimento espiritual para nuestras almas, expresamos nuestra unidad con los demás miembros del cuerpo de Cristo y esperamos el regreso triunfante del Señor.
Como cuerpo de Cristo, la Iglesia existe para adorar a Dios, edificar y llevar a la madurez a su pueblo y dar testimonio de Cristo y de su reino en todo el mundo.
Gobernada por las Escrituras, la Iglesia se reúne para la enseñanza de la Palabra, la oración, los sacramentos, el canto congregacional, la comunión y la edificación mutua mediante el ejercicio de los dones espirituales.
Así como el Padre envió a Jesús al mundo, Jesús ha enviado a su pueblo al mundo en el poder del Espíritu. La misión de la Iglesia es hacer discípulos de todas las naciones, enseñándoles a guardar todo lo que Cristo ha mandado.Hacemos esto proclamando el Evangelio, plantando iglesias y adornando la proclamación del Evangelio mediante nuestro amor y buenas obras.
Siempre habrá una congregación de creyentes sobre la tierra porque el Señor promete edificar, guiar y preservar su Iglesia hasta el fin de los tiempos. Cuando Cristo regrese, reunirá y perfeccionará a su Iglesia de toda tribu, lengua y nación como un pueblo para su propia posesión, y habitará con ellos para siempre.
La muerte entró en la buena creación de Dios como resultado del pecado de Adán, y ahora todas las personas están sujetas a la maldición de la muerte. Sin embargo, los creyentes no tienen necesidad de temer, porque Cristo ha vencido la muerte y nos ha librado de su dominio.
Aunque nuestros cuerpos vuelven al polvo por un tiempo, para el cristiano la muerte se ha convertido en una puerta al paraíso, donde nuestras almas entran inmediatamente en la presencia de Dios para contemplar y disfrutar a nuestro Salvador y descansar de nuestras labores.
En compañía de todos los espíritus de los justos hechos perfectos, esperaremos la redención de nuestros cuerpos y nuestra salvación plena y definitiva.
Las almas de los no redimidos, sin embargo, son arrojadas inmediatamente al Hades para experimentar tormento mientras esperan el juicio final por sus pecados.
Creemos que Jesucristo reina actualmente desde el cielo, sentado a la diestra del Padre, y que su reino, ya inaugurado, alcanzará su plena y definitiva consumación cuando Él regrese. En el tiempo señalado, conocido únicamente por Dios, Jesucristo regresará a la tierra de manera personal, física, visible y gloriosa, como Juez y Rey, ante quien se doblará toda rodilla.
El regreso de Cristo es la esperanza bienaventurada de todos los que confían en Él y marcará la resurrección general de justos e injustos, el juicio final y la consumación definitiva de su reino. Los muertos serán resucitados al reunirse sus almas con sus cuerpos: los justos para resurrección de vida y los injustos para resurrección de juicio.
Cuando los muertos en Cristo resuciten, sus cuerpos corruptibles serán redimidos y hechos semejantes al cuerpo incorruptible, glorioso, poderoso y espiritual de Cristo. Aquellos que estén vivos en Cristo serán igualmente transformados, y así todo el pueblo glorificado de Dios llevará para siempre la imagen de su Salvador.
En el último día, todas las personas comparecerán ante Cristo, quien es el Juez de todos. Aquellos que suprimieron con injusticia la verdad de Dios y no obedecieron el Evangelio de Cristo sufrirán la justa ira de Dios y serán justamente arrojados al fuego del infierno con el diablo y sus ángeles. Allí experimentarán castigo eterno y consciente conforme a sus pecados.
Aquellos que han sido salvados por Cristo, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida, serán recibidos en el gozo de su Señor y abundantemente recompensados por toda buena obra realizada en su nombre.
El pueblo glorificado de Dios heredará el reino del cual todo pecado, dolor, sufrimiento y muerte habrán sido desterrados. Cristo, como Rey, liberará toda la creación de su esclavitud a la corrupción, haciendo nuevos los cielos y la tierra y estableciendo su gobierno eterno en su reino consumado.Rodeados de una belleza inimaginable, disfrutaremos de una comunión sin impedimentos con nuestro Dios trino, contemplándolo, sirviéndolo, adorándolo y reinando con Él por los siglos de los siglos.
Amén. ¡Ven, Señor Jesús!






