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Declaración
doctrinal

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Scriptura es una iglesia evangélica no denominacional de tradición reformada. Aunque no estamos afiliados a una denominación en particular, reconocemos los credos y confesiones históricas de la Iglesia y nos adherimos a una declaración doctrinal de fe escrita que creemos es un resumen bueno y preciso de las enseñanzas de la Biblia.

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¿Una declaración doctrinal?

Todos los días escuchamos la frase “Yo creo” y sea cual sea el contexto, usamos esas dos simple palabras para expresar lo que pensamos sobre casi todas las cosas. En su sabiduría, Dios no solo nos creó con la capacidad de creer, sino que también nos dio un deseo insaciable de explorar, examinar y expresar nuestras creencias (Pr 2). La confesión de fe tiene como propósito resumir las doctrinas cristianas más esenciales y afirmar que en la congregación que uno participa cree en ellas. Esta práctica no es para nada nueva, sino que ha sido la práctica común de todo el cristianismo histórico. Recordemos que el cristianismo tiene ya unos 2000 años de existencia, sería arrogante no reconocer que Dios ha usado distintos maestros a través de la historia de la iglesia. Nosotros no somos los primeros en estudiar las Escrituras, han existido miles de cristianos y maestros que han dedicado sus vidas al estudio de la Biblia, de los cuales podemos aprender muchas cosas valiosas.

A lo largo de la historia de la Iglesia se crearon credos que se utilizaban para instruir a los creyentes en la fe cristiana. Los credos más famosos son: el Credo de los Apóstoles, el Credo de Nicea-Constantinopla (325), el Credo de Atanasio (siglo IV ) y el Credo de Calcedonia (451). Estos credos forjaron la doctrina bíblica de los primeros años de la Iglesia y la mantuvieron firmes en la verdad.

Posteriormente, surgieron herejías que hicieron necesaria la creación de nuevas confesiones de fe. La salvación por obras y las doctrinas de la gracia merecida hicieron que la Iglesia replanteara sus creencias. Las confesiones reformadas más importantes que surgieron en ese momento fueron: La Confesión Escocesa de 1560, la Confesión Belga de 1561, el Catecismo de Heidelberg (1563), la Segunda Confesión Helvética (1566), los Cánones de Dort (1618), la famosísima Confesión de Fe de Westminster (1646) y la Confesión bautista de fe de 1689. Todas estas resumen la doctrina evangélica y la fe reformada.

Con la difusión del Evangelio de la salud, la riqueza y la prosperidad, palabras como "doctrina" y "teología" se consideran perjudiciales y peligrosas para el crecimiento de la iglesia. Pero, ¿es posible construir iglesias bíblicas y saludables sin sentar las bases doctrinales adecuadas? La respuesta es un rotundo "no". La historia está repleta de registros de cómo la iglesia fue invadida por la oscuridad cuando perdió sus amarres doctrinales y confesionales. Ya en el siglo IV, los padres de la iglesia y los concilios demostraron la absoluta necesidad de pureza y claridad doctrinal para la fundación de la iglesia de Jesucristo. Ser removidos del contexto bíblico e histórico más amplio solo hará que la iglesia sea vulnerable y potencialmente herética. Esto apunta aún más a la absoluta necesidad de tener una declaración de fe sin importar dónde se viva en este mundo.

Es importante enfatizar que las confesiones son medios de gracia para ayudarnos en nuestras definiciones teológicas. Nos ayudan a definir convicciones. Nunca se deben usar para especificar que alguien es, o no, un hijo de Dios. Más bien son guías para permanecer en el camino correcto, el camino ortodoxo; pero debemos entender que no son la Biblia. La conciencia informada por la Palabra de Dios debe guiarnos, no una confesión humana. Si tú crees algo y estás convencido de ello solo porque lo escribió alguien en particular, y no porque has creado convicciones bíblicas al respecto, eso es pecado. Así lo podemos ver en Romanos 14:22-23
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Cánones de Dort
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Confesión Belga
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Catecismo
de Heidelberg
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Confesión de Fe de Westminster
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El propósito de los credos y confesiones

Glorificar a Dios en su verdad y gozar de Él para siempre, confesando y declarando nuestra doctrina en conformidad con lo que Él ha declarado y no según las supersticiones de los hombres, las artimañas engañosas de Satanás o las nociones pretenciosas de nuestros corazones.

Afirmar al único y verdadero Dios que se ha revelado a Sí mismo y cuyos atributos y leyes nos apuntan a Él mismo como nuestro único Señor a fin de que lo amemos tan correcta y plenamente como sea posible, con toda nuestra alma, mente y todas nuestras fuerzas.

Resguardar la sana doctrina inmutable de las Escrituras de los falsos maestros y corrientes heréticas de nuestros tiempos.

Preservar la pureza y, de este modo, la paz de la unidad de la Iglesia visible como el testigo externo de Cristo y Su esposa elegida, la Iglesia invisible, a fin de que podamos permanecer inquebrantablemente unidos como una familia con un Padre, un Señor, una fe y un bautismo en conformidad y por causa de la verdad.

Mantener la libertad a los cristianos particulares, así como de toda la Iglesia, con respecto a leyes, tradiciones y supersticiones humanas extrabíblicas que cautivan la conciencia de los hombres, desorientan sus almas, descarrían a nuestros hijos conforme a su pecado y producen un orgullo que exalta al hombre en lugar de una humildad que exalta a Dios.

Cumplir la Gran Comisión mediante nuestra afirmación y proclamación conjunta del único y verdadero Evangelio de Jesucristo, que es el único poder de Dios para salvación de todo el que cree, haciendo discípulos en nuestros hogares, iglesias, comunidades y en todas las naciones.

Sostener la doctrina de la inspirada, inerrante y suficiente Palabra de Dios.

Permanecer firmes a través de los siglos hasta el retorno de Cristo como la única, santa, católica (universal) y apostólica Iglesia de Cristo.

Es por causa del amor que nos tenemos unos a otros, por el cuerpo de Cristo y por nuestro amor a Él como cabeza de la Iglesia, que debemos afirmar, confesar y proclamar la doctrina inmutable de la Escritura resumida en nuestros credos históricos. Basados en toda esta herencia teológica, presentamos:

La Declaración Doctrinal de la Iglesia Scriptura
SOLA SCRIPTURA
Sola Scriptura

SOLO POR LA ESCRITURA. La Biblia es la Palabra de Dios y por ende, es nuestra máxima autoridad en materia de fe, práctica y conducta. La iglesia y la tradición deben de estar sujetas a lo que enseñe la Biblia y nunca al revés. La Escritura al ser Palabra de Dios es infalible e inerrante. Aunque en su totalidad fue escrita por hombres también en su totalidad fue inspirada por Dios. Ningún otro libro se asemeja a la Biblia, pues a pesar de que fue escrita por varios autores y en diferentes momentos históricos, conserva de forma providencial un punto temático central: “El plan de redención del pueblo de Dios a través de Cristo”.

SOLA FIDE
Sola Fide

SOLO POR FE. La salvación solo puede ser recibida cuando ponemos nuestra fe en Aquel que murió por nosotros, excluyendo la posibilidad de que nuestras obras puedan contribuir. La fe que salva es una confianza segura de que Cristo pagó completamente por todos los pecados y solo Él puede salvar al hombre de la condenación, sin ninguna ayuda de nuestra parte. Por tanto, esta fe renuncia a confiar en buenas obras, religión, dinero, bautismo, membresía en una iglesia, una oración, etc., y confía exclusivamente en Cristo y Su obra para el perdón del pecado.

SOLA GRATIA
Sola Gratia

SOLO POR GRACIA. La salvación es un regalo de Dios. Por tanto, es algo que el pecador recibe de forma inmerecida basada en los méritos de Cristo alcanzados durante su vida, muerte y resurrección. Somos justificados únicamente por el favor de Dios, no por algo bueno que Dios encontró en nosotros (estamos muertos en nuestros delitos y pecados, incapaces de buscar a Dios o hacer alguna obra digna de Él por nuestra propia voluntad; sino por el desborde de amor, bondad, compasión, misericordia y gracia de Dios. Y el fin de esto es para que nadie se sienta orgulloso de sus obras ya que estas son incapaces de salvarnos.

SOLUS CHRISTUS
Solus Christus

SOLO POR CRISTO. La salvación se encuentra solo en Cristo, excluyendo así todo otro camino para llegar a Dios. Hay un solo Dios y un solo mediador, Jesucristo el Dios Hombre, quien se entregó para salvar a todos los que vienen a Él. Es solamente a través de la vida perfecta, muerte y resurrección de Cristo que podemos ser reconciliados con Dios. Jesús es Dios con nosotros, 100% Dios y al mismo tiempo 100% hombre. Es necesario que Él sea hombre para que Su vida perfecta sin pecado sea transferida a nosotros; y para que Su sacrificio pueda ser efectivo para el perdón de nuestros pecados. También es necesario que Él sea Dios, porque solo Dios puede cargar con todo el peso de la ira de Dios y salir victorioso.

SOLI DEO GLORIA
Soli Deo Gloria

SOLO A DIOS LA GLORIA. El propósito de la salvación que recibimos es glorificar a Dios; poner de manifiesto las excelencias o virtudes de Su carácter. A través de las otras 4 “solas” de la Reforma Protestante vemos cómo nuestra justificación es una obra completa de Dios de principio a fin, no hay nada que nosotros hayamos hecho o que podamos hacer que pueda aportar algo a nuestra salvación. No podemos tomar crédito alguno por la salvación. Dios cambió la disposición de nuestros corazones para responder al llamado del evangelio. Dios elige, Dios regenera, Dios da la fe y el arrepentimiento, Dios nos preserva en la fe y nos glorifica. ¿A quién otro daremos la gloria?

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SOLUS CHRISTUS
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Dios

Que el Señor nuestro Dios es un Dios único, vivo y verdadero; cuya subsistencia está en él mismo y es de él mismo, infinito en su ser y perfección; cuya esencia no puede ser comprendida por nadie sino por él mismo; es espíritu purísimo, invisible, sin cuerpo, miembros o pasiones, el único que tiene inmortalidad y que habita en luz inaccesible; es inmutable, inmenso, eterno, inescrutable, todopoderoso, infinito en todos los sentidos, santísimo, sapientísimo, libérrimo, absoluto; que hace todas las cosas según el consejo de su inmutable y justísima voluntad, para su propia gloria; es amantísimo, benigno, misericordioso, longánimo, abundante en bondad y verdad, perdonando la iniquidad, la transgresión y el pecado; galardonador de los que le buscan con diligencia, y sobre todo, justísimo y terrible en sus juicios, que odia todo pecado y que de ninguna manera dará por inocente al culpable.

Dt. 6:4; Jer. 10:10; 1 Co. 8:4,6; 1 Ts. 1:9; Is. 48:12; Ex. 3:14; Job 11:7,8; 26:14; Sal. 145:3; Ro. 11:33,34; Jn. 4:24; 1 Ti. 1:17; Dt. 4:15,16; Lc. 24:39; Hch. 14:11,15; Stg. 5:17; Mal. 3:6; Stg. 1:17; 1 R. 8:27; Jer.23:23,24; Sal. 90:2; 1 Ti. 1:17; Gn. 17:1; Ap. 4:8; Is. 6:3; Ro. 16:27; Sal. 115:3; Ex. 3:14, Ef. 1:11; Is. 46:10; Pr. 16:4; Ro. 11:36; Ex. 34:6,7; 1 Jn. 4:8; He. 11:6; Neh. 9:32,33; Sal. 5:5,6; Nah. 1:2,3; Ex. 34:7.

Que teniendo Dios en sí mismo y por sí mismo toda vida, gloria, bondad y bienaventuranza, es todo suficiente en sí mismo y respecto a sí mismo, no teniendo necesidad de ninguna de las criaturas que ha hecho, ni derivando ninguna gloria de ellas, sino que solamente manifiesta su propia gloria en ellas, por ellas, hacia ellas y sobre ellas; él es la única fuente de todo ser, de quien, por quien y para quien son todas las cosas, teniendo sobre todas las criaturas el más soberano dominio para hacer mediante ellas, para ellas y sobre ellas todo lo que le agrade; todas las cosas están desnudas y abiertas a sus ojos; su conocimiento es infinito, infalible e independiente de la criatura, de modo que para él no hay ninguna cosa contingente o incierta. Es santísimo en todos sus consejos, en todas sus obras y en todos sus mandatos; a él se le debe, por parte de los ángeles y los hombres, toda adoración, todo servicio u obediencia que como criaturas deben al Creador, y cualquier cosa adicional que a él le placiera demandar de ellos.
Jn. 5:26; Hch. 7:2; Sal. 148:13; 119:68; 1 Ti. 6:15; Job 22:2,3; Hch. 17:24,25; Ap. 4:11; 1 Ti. 6:15; Ro. 11:34-36; Dn. 4:25,34,35; He. 4:13; Ro. 11:33,34; Sal. 147:5; Hch. 15:18; Ez. 11:5;4. Sal. 145:17; Ro. 7:12; Ap. 5:12-14.

Que en este Ser divino e infinito hay tres subsistencias, el Padre, el Verbo o Hijo y el Espíritu Santo, de una sustancia, un poder y una eternidad, teniendo cada uno toda la esencia divina, pero la esencia indivisa: el Padre no es de nadie, ni por generación ni por procesión; el Hijo es engendrado eternamente del Padre, y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; todos ellos son infinitos, sin principio y, por tanto, son un solo Dios, que no ha de ser dividido en naturaleza y ser, sino distinguido por varias propiedades relativas peculiares y relaciones personales; dicha doctrina de la Trinidad es el fundamento de toda nuestra comunión con Dios y nuestra consoladora dependencia de él.

Mt. 3:16,17; 28:19; 2 Co. 13:14; Ex. 3:14; Jn.14:11; 1 Co. 8:6; Pr. 8:22-31; Jn. 1:1-3,14,18; 3:16; 10:36; 15:26; 16:28; He. 1:2; 1 Jn. 4:14; Gá. 4:4-6.


DIOS EL PADRE

La primera persona de la Trinidad, ordena y dispone todas las cosas de acuerdo a su propósito y gracia. Él es el creador de todas las cosas. Como el único gobernante absoluto y omnipotente en el universo, Él es soberano en la creación, providencia, y redención. Su paternidad involucra tanto su designación dentro de la Trinidad como su relación con la humanidad. Como el creador Él es Padre de todos los hombres, pero Él únicamente es el Padre espiritual de los creyentes. Él ha decretado para su propia gloria todas las cosas que suceden. Él continuamente sostiene, dirige,y gobierna a todas las criaturas y a todos los acontecimientos. En su soberanía Él no es ni el autor ni Él que aprueba el pecado ni tampoco anula la responsabilidad de criaturas morales e inteligentes. En su gracia ha escogido desde la eternidad pasada a aquellosa quienes Él ha determinado que sean suyos; Él salva del pecado a todos los que vienen a Él por medio de Jesucristo; Él adopta como suyos a todos aquellos que vienen a Él; y Él se convierte, al adoptarlos, en Padre de los suyos.

Salmo 145:8-9; 1 Corintios 8:6; Génesis 1:1-31; Efesios 3:9; Salmo 103:19; Romanos 11:36; Efesios 4:6; Romanos 8:14;2 Corintios 6:18; Efesios 1:11; 1 Crónicas 29:11; Habacuc 1:13; Juan 8:38-47; 1 Pedro 1:17; Efesios 1:4-6; Juan 1:12; Romanos 8:15; Gálatas 4:5; Hebreos 12:5-9.


DIOS EL HIJO

Enseñamos que Jesucristo, la segunda persona de la Trinidad, posee todos los atributos divinos, y en estos es igual a Dios, consubstancial, y coeterno con el Padre.

Enseñamos que Dios el Padre creó todas las cosas según su voluntad, a través de Su Hijo Jesucristo, por quien todas las cosas continúan en existencia y en operación.

Enseñamos que en la encarnación (Dios, hecho hombre) Cristo renunció solamente a los privilegios de la deidad, sin abandonar en absoluto la esencia misma de la deidad, ya sea en grado o género. En su encarnación, la Segunda Persona de la Trinidad que existe eternamente, aceptó todas las características esenciales de la humanidad y se convirtió en el Dios-hombre.

Enseñamos que Jesucristo representa a la humanidad y la deidad en una unidad indivisible

Enseñamos que nuestro Señor Jesucristo nació de una virgen; que Él era Dios encarnado; y que el propósito de la encarnación fue revelar a Dios, redimir a los hombres, y gobernar sobre el reino de Dios.

Enseñamos que, en la encarnación, la segunda persona de la Trinidad hizo a un lado su derecho a todas las prerrogativas de coexistencia con Dios y se atribuyó una existencia apropiada a un siervo, mas nunca se despojó de sus atributos divinos.

Enseñamos que nuestro Señor Jesucristo llevó a cabo nuestra redención por medio del derramamiento de su sangre y de su muerte sacrificial en la cruz y que su muerte fue voluntaria, vicaria, substitutoria, propiciatoria, y redentora.

Enseñamos que debido a que la muerte de nuestro Señor Jesucristo fue eficaz, el pecador que cree es liberado del castigo, la paga, el poder, y un día de la presencia misma del pecado; y que él es declarado justo, se le otorga vida eterna, y es adoptado en la familia de Dios.

Enseñamos que nuestra justificación está asegurada por su resurrección literal y física de los muertos y que Él ahora, después de haber ascendido, está a la diestra del Padre, en donde ahora Él es nuestro mediador como abogado y sumo sacerdote.

Enseñamos que en la resurrección de Jesucristo de la tumba, Dios Confirmó la deidad de su hijo y demostró que Dios ha aceptado la obra expiatoria de Cristo en la cruz. La resurrección corporal de Jesús también es la garantía de una vida de resurrección futura para todos los creyentes.

Enseñamos que Jesucristo en el arrebatamiento volverá a buscar a la iglesia, la cual es Su cuerpo y establecerá Su reino milenial sobre la tierra cuando vuelva con su iglesia en gloria.

Enseñamos que el Señor Jesucristo es aquel a través de quien Dios Juzgará a toda la humanidad:

- Creyentes (1 Corintios 3:10–15; 2 Corintios 5:10)
- Habitantes de la tierra que estén vivos cuando Él regrese en gloria (Mateo 25:31-46)
- Muertos incrédulos en el gran trono blanco (Apocalipsis 20:11-15)


Como el mediador entre Dios y el hombre, la cabeza de su cuerpo que es la Iglesia, y el rey universal venidero, quien reinará en el trono de David, Él es el juez que tiene la última palabra de todos aquellos que no confían en Él como Señor y Salvador.


Juan 10:30; 14:9; Juan 10:30; 14:9; Juan 1:3; Colosenses 1:15-17; Hebreos 1:2; Filipenses 2:5-8; Colosenses 2:9; Miqueas 5:2; Juan 5:23; 14:9-10; Colosenses 2:9; Isaías 7:14; Mateo 1:23, 25; Lucas 1:26-35; Juan 1:1, 14; Salmo 2:7-9; Isaías 9:6; Juan 1:29; Filipenses 2:9-11; Hebreos 7:25-26; 1 Pedro 1:18-19; Filipenses 2:5-8; Juan 10:15; Romanos 3:24-25; 5:8; 1 Pedro 2:24; Romanos 3:25; 5:8-9; 2 Corintios 5:14-15; 1 Pedro 2:24; 3:18; Mateo 28:6; Lucas 24:38-39; Hechos 2:30-31; Romanos 4:25, 8:34; Hebreos 7:25,9:24; 1 Juan 2:1; Juan 5:26-29; 14:19; Romanos 1:4; 4:25; 6:5-10; 1 Corintios 15:20-23; Hechos 1:9-11; 1 Tesalonicenses 4:13-18; Apocalipsis 20;Juan 5:22–23; 1 Timoteo 2:5; Efesios 1:22; 5:23; Colosenses 1:18; Isaías 9:6; Lucas 1:31-33; Mateo 25:14-46; Hechos 17:30-31.


DIOS EL ESPÍRITU SANTO

Enseñamos que el Espíritu Santo es una persona divina, eterna, no derivada, que poseé todos los atributos de personalidad y deidad incluyendo intelecto, emociones, voluntad, eternidad, omnipresencia, omnisciencia, omnipotencia y veracidad. En todos los atributos divinos y en sustancia Él es igual al Padre y al Hijo .

Enseñamos que el Espíritu Santo ejecuta la voluntad divina en relación a toda la humanidad. Reconocemos su actividad soberana en la creación, la encarnación, la revelación escrita y la obra de salvación.

Enseñamos que la obra del Espíritu Santo en esta época comenzó en Pentecostés cuando Él descendió del Padre como fue prometido por Cristo para iniciar y completar la edificación del Cuerpo de Cristo, el cual es su Iglesia. El amplio espectro de su actividad divina incluye convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio; glorificando al Señor Jesucristo y transformando a los creyentes a la imagen de Cristo.

Enseñamos que el Espíritu Santo es el maestro divino, quien guió a los apóstoles y profetas en toda la verdad conforme ellos se entregaban a escribir la revelación de Dios, la Biblia. Todo creyente posee la presencia del Espíritu Santo quien mora en él, desde el momento de la salvación, y es el deber de todos aquellos nacidos del Espíritu, ser llenos y guiados por Él.

Enseñamos que el Espíritu Santo administra dones espirituales a la Iglesia y glorifica a Cristo al implementar su obra de redención de los perdidos y edificación de los creyentes en la fe. Él es soberano en la distribución de todos sus dones, para la perfección de los santos de hoy día.

1 Corintios 2:10-13; Efesios 4:30; 1 Corintios 12:11; Hebreos 9:14; Salmo 139:7-10; Isaías 40:13-14; Romanos 15:13; Juan 16:13; Mateo 28:19; Hechos 5:3-4; 28:25-26; 1 Corintios 12:4-6; 2 Corintios 13:14; Jeremías 31:31-34; Hebreos 10:15-17; Génesis 1:2; Mateo 1:18; 2 Pedro 1:20-21; Juan 3:5-7; Juan 14:16-17; 15:26; 1 Corintios 12:13; Juan 16:7-9; Hechos 1:5; 2:4; Romanos 8:9; 2 Corintios 3:6; Efesios 1:13; Juan 16:13; Romanos 8:9; Efesios 5:18; 2 Pedro 1:19-21; 1 Juan 2:20,27; Juan 16:13-14; Hechos 1:8.


NOTA
Es imposible vivir la vida cristiana sin el poder del Espíritu Santo. Debemos orar continuamente por una manifestación cada vez más grande del Espíritu Santo en nuestras vidas.

Con respecto al don de lenguas. Teológicamente no podemos afirmar que ha cesado, más tampoco podemos afirmar que el don de lenguas mencionado en la Biblia es lo que vemos actualmente hoy en muchas iglesias hoy día.

Con respecto a las señales, prodigios y milagros de 2 Corintios 12:12. ¿Deberíamos hoy esperar las mismas confirmaciones milagrosas en nuestra predicación? Creemos que sí, pero no a la misma medida en que los apóstoles experimentaron este poder milagroso. La razón por la que afirmamos esto, es que no vemos ninguna razón que nos urja en el Nuevo Testamento a declarar que Dios ha cesado de obrar milagros. Sin embargo, sí vemos una lista de dones milagrosos para la iglesia (no sólo para los apóstoles) en 1 Corintios 12:8-10. De manera que enseñamos que Dios tiene la intención de bendecir su Palabra y a su pueblo con milagros en nuestros días (obras extraordinarias de poder divino que van más allá de las leyes de la naturaleza).

Pero la razón por la que decimos que probablemente no sean en la misma medida en que los apóstoles experimentaron este poder milagroso, es que hay buena evidencia de que los milagros hayan sido especialmente prominentes en días recientes al nacimiento de la Iglesia para vindicar la deidad de Cristo y la autoridad de los apóstoles a medida que establecían el fundamento de la iglesia. Por ejemplo, Jesús dijo en Juan 5.36: “las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado.”Los milagros de Jesús tenían un papel especial para confirmar que el hijo de Dios estaba allí.

Entonces hay evidencia de que Pablo vio en los milagros una confirmación especial de su apostolado. Por ejemplo, en 2 Corintios 12:12, dice: “Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros.” Pablo veía las señales y milagros que Dios obraba a través suyo como un indicativo especial de su apostolado. No que Dios solo use a los apóstoles para hacer milagros, sino que había algo extraordinario en cómo Dios utilizó a los apóstoles fundadores.

Así que cuando el Señor Jesús vuelve al cielo y los apóstoles han establecido el fundamento de la iglesia en el Nuevo Testamento y dejan de estar entre nosotros, creemos que lo que nos queda no es una iglesia a la que se le haya quitado su aspecto sobrenatural. El Espíritu Santo ha sido derramado, y es todavía completamente capaz de obrar prodigios y milagros. Mas bien, nuestro enfoque está centralizado en la Palabra de Dios, el evangelio, porque todos los hechos importantes de la salvación pertenecen a la historia y es la Palabra quien nos conecta con estas obras salvadoras de Dios en el pasado.

Creemos que lo que debe ser dicho hoy es que algunos cristianos esperan más milagros y manifestaciones sobrenaturales de las que deberían. Pudieran pensar, por ejemplo, que Dios nunca desea que sus hijos estén enfermos, sino que los creyentes siempre deberán ser sanados milagrosamente. Esto va en contra de lo que vemos, por ejemplo, en Romanos 8:23 donde los cristianos gimen por la redención de sus cuerpos.

Pero, por otro lado, algunos cristianos esperan muy pocos milagros. Nos deslizamos hacia el estilo de pensar naturalista que hace que el los dones del Espíritu Santo sean casi irrelevantes. Cuando oramos, casi tememos pedir a Dios que sane a las personas de manera directa, milagrosamente. Mientras estemos sometidos a la soberana voluntad de Dios obrando como él desea, creemos que deberíamos orar regularmente por la intervención milagrosa de Dios.

Mientras mantengamos la Palabra en el lugar central que le corresponde, creemos que agradaría a Dios que oráramos de la manera en que lo hizo la iglesia primitiva en Hechos:4.29-30. He aquí lo que dijeron: “Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo [cf. Hechos 1.8] hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús”. No podemos establecer cuándo, qué clase, o cuántos milagros Dios puede hacer entre nosotros. Pero no pedirlos resulta mucho más secularista y naturalista que bíblico.

Un punto importante a tener en cuenta es si estos dones de poder, inspiración y revelación del Espíritu Santo han dejado de existir en la actualidad. El argumento se basa en 1 Corintios 13:8: “El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará”. Este es un versículo que ha causado gran disputa entre los defensores de la vigencia o no de estos dones en la iglesia.

En griego se lee literalmente: “El Amor nunca caduca, pero ya sean (las) profecías, serán abolidas; ya sean (las) lenguas, cesarán; ya sea (la) ciencia será abolida”

Así “El amor nunca cesa, termina o se hace perecedero”, por el contrario, las profecías y la ciencia serán “abolidas”, en griego “Abolidas” es un futuro del término griego “Katargeo” literalmente: “Dejar inactivo o impotente; hacer ineficaz; abolir; quedar libre o desprendido; destruido, despojado de poder, liberado”. Mientras que para las lenguas nos dice el apóstol que cesarán, en tiempo futuro del término griego “pauo” y que literalmente significa: “Calmar, apaciguar; destruir, suprimir; hacer cesar; terminar”.

La gran pregunta es ¿cuándo sucederá esto?, ¿cuándo las lenguas serán calmadas, cesadas, suprimidas o terminarán?. La respuesta están en los dos versículos siguientes: “Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará” (1 Corintios 13:9-10).

El apóstol de los gentiles nos dice al respecto del hecho de que la profecía, las lenguas y la ciencia terminarán, que es porque en “parte” conocemos o profetizamos, la expresión “parte” es en griego “meros” y significa “parte o porción”, y nos sigue diciendo al respecto que “cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará”.

Nueva pregunta: ¿qué es lo “perfecto” que ha de venir?. En primer lugar miremos esta expresión “perfecto”, en griego se lee “teleion” que significa literalmente: “terminado, acabado, realizado; completo, cumplido; perfecto, sin mancha, eminente; maduro, crecido, hecho; definitivo; último”
Los diversos autores no se ponen de acuerdo sobre qué es “lo perfecto” que ha de venir y que hará que “lo que es en parte” (Profecías, lenguas, ciencia, etc.) se acabe.

Los cesacionistas frecuentemente citan 1 Corintios 13:8-10 para apoyar la idea de que algunos dones cesaron cuando llegó "lo perfecto". Algunos creen que "lo perfecto" se refiere a la finalización del canon de la Biblia. Esta posición sostiene que una vez que la Biblia fue completada ya no había necesidad de obras milagrosas del Espíritu Santo por parte de los creyentes para validar la Palabra predicada.

Otros, partiendo de postulados dispensacionalistas indican que el uso y actualidad de los dones estuvo limitado a la época apostólica. Lamentablemente para este argumento, la misma historia de la iglesia primitiva les quita la razón ya que hay constancia de la manifestación del Espíritu Santo en las iglesias por medios de los dones citados (lenguas, palabras de profecía, milagros, sanidades, etc.) más de medio siglo después de la muerte del último apóstol.
Sin embargo, el versículo 12 aclara la definición de ese "perfecto": "Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido". Como no podemos ver la Biblia cara a cara, ni tampoco puede "conocernos", creemos que este pasaje es una referencia a la segunda venida de Jesús. En ese momento no habrá necesidad de los dones del Espíritu Santo, incluyendo el don del conocimiento (versículo 8), ya que estaremos en la presencia física de Jesús mismo. (1 Juan 3:1-2; 1 Corintios 1:7-8)

Por lo tanto, enseñamos que los dones del Espíritu Santo aún continúan vigentes para la iglesia y del mismo modo reafirmamos las palabras de Pedro en 2 Pedro 1:19, quien nos recuerda que tenemos la palabra profética más segura, a la cual hacemos bien en prestar atención como a una lámpara que brilla en el lugar oscuro, hasta que el día despunte y el lucero de la mañana aparezca en nuestros corazones, esto es la Escriptura. Hebreos 1: 1-2 nos dice también que Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por Su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por medio de quien hizo también el universo. Sobre cualquier manifestación de dones, la Palabra de Dios será siempre la fuente más confiable y segura para la Iglesia.



NOTA - EL BAUTISMO DEL ESPÍRITU SANTO
El Bautismo del Espíritu Santo es poder para evangelizar el mundo. No hay ninguna promesa en el libro de los Hechos de que todo el que reciba el Espíritu hablará en lenguas o profetizará. Pero está la promesa en Hechos 1: 8 de que cuando el Espíritu venga sobre nosotros, recibiremos poder; y en este poder podremos evangelizar al mundo entero.

Esa promesa se hace a todos sobre quienes viene el Espíritu Santo, no solo a unos pocos. Entonces, lo que vemos en el libro de los Hechos son ilustraciones de cómo se ve este poder cuando se manifiesta en diferentes grupos. Viene con el hablar en lenguas para algunos (2: 4; 10:46; 19: 6). Viene con el don de profecía para algunos (2:17; 19: 6; cf. 10:46). Viene con una alabanza libre y desbordante de la grandeza de Dios (2:11; 10:46). Viene con la obediencia a los mandamientos de Dios (5:32). Viene con valentía y astucia para testificar (2: 14–36; 9: 17–22). Y trae la manifestación de varios dones (Hebreos 2: 4) y milagros (Gálatas 3: 5), y señales y prodigios (Hechos 6: 8).

Pablo pregunta en Hechos 19: 2 a los discípulos de Corinto ¿Recibieron el Espíritu Santo cuando creyeron? Venga como venga ese bautismo según los ejemplos antes mencionados, es una experiencia de la realidad divina.

Ya sea que Lucas espera que este tipo de efectos sucedan en una recepción inicial del Espíritu Santo o en un proceso de dos etapas con el "bautismo en el Espíritu Santo" después de la conversión, o en una secuencia continua de llenuras (o alguna combinación de estos tres), una cosa está clara: Lucas espera que la recepción del Espíritu Santo (como sea que lo recibamos) sea una experiencia real e identificable del Dios vivo, no solo una inferencia lógica de un acto de voluntad humana.

No es solo una idea sobre nuestra condición espiritual que inferimos de una decisión que hemos tomado. Es simplemente sobrenatural y puede ser usado para responder la pregunta: "¿Recibisteis el Espíritu cuando creísteis?"

Podemos decir, Sí, he visto al Espíritu de obediencia obrando en mi vida subyugando el pecado e inclinándome a actos de amor.

Sí, he visto el Espíritu de alabanza en mi vida llenando mi corazón y mi boca con adoración a Jesús y a Dios el Padre.

Sí, he visto el Espíritu de valentía obrando en mi vida venciendo mis miedo y dándome la voluntad para arriesgar cualquier cosas por la causa de Cristo.

Y sí, aunque entendemos que hablar en lenguas y el don de profecía no son una señal segura de la gracia de Dios, sin embargo, junto con otras evidencias, también son una evidencia preciosa de que el poder de Dios está sobre nosotros.


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La Biblia

Que la Biblia es la revelación escrita de Dios al hombre,y de esta manera los sesenta y seis libros de la Biblia que nos han sido dados por el Espíritu Santo constituyen la Palabra de Dios plenaria (inspirada en todas sus partes por igual). Las Sagradas Escrituras constituyen la única regla suficiente, segura e infalible de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores. Aunque la luz de la naturaleza y las obras de la creación y de la providencia manifiestan de tal manera la bondad, sabiduría y poder de Dios que dejan a los hombres sin excusa, no obstante, no son suficientes para dar el conocimiento de Dios y de su voluntad que es necesario para la salvación. Por lo tanto, agradó al Señor, en distintas épocas y de diversas maneras, revelarse a sí mismo y declarar su voluntad a su iglesia; y posteriormente, para preservar y propagar mejor la verdad y para un establecimiento y consuelo más seguros de la iglesia contra la corrupción de la carne y la malicia de Satanás y del mundo, le agradó poner por escrito esa revelación en su totalidad, lo cual hace a las Santas Escrituras muy necesarias, habiendo cesado ya las maneras anteriores por las cuales Dios revelaba su voluntad a su pueblo.

2 Ti. 3:15-17; Is. 8:20; Lc. 16:29,31; Ef. 2:20; Ro. 1:19-21,32; Ro. 2:12a,14,15; Sal. 19:1-3; Sal. 19:1-3 con vv. 7-11; Ro. 1:19-21; 2:12a,14,15 con 1:16,17 y 3:21; He. 1:1,2a; Pr. 22:19-21; Lc. 1:1-4; 2 P. 1:12-15; 3:1; Dt. 17:18ss.; 31:9ss., 19ss.; 1 Co. 15:1;2 Ts. 2:1,2,15; 3:17; Ro. 1:8-15; Gá. 4:20; 6:11; 1 Ti. 3:14ss.; Ap. 1:9,19; 2:1, etc.; Ro. 15:4; 2 P. 1:19-21; He. 1:1,2a; Hch. 1:21,22; 1 Co. 9:1; 15:7,8; Ef. 2:202.

Que el testimonio de la iglesia de Dios puede movernos e inducirnos a tener una alta y reverente estima por las Sagradas Escrituras; y el carácter celestial del contenido, la eficacia de la doctrina, la majestad del estilo, la armonía de todas las partes, el fin que se propone alcanzar en todo su conjunto (que es el de dar toda la gloria a Dios), la revelación completa que dan del único camino de salvación para el hombre, y muchas otras excelencias incomparables y la totalidad de perfecciones de las mismas, son argumentos por los cuales dan abundante evidencia de ser la Palabra de Dios. Sin embargo, nuestra plena persuasión y certeza de su verdad infalible y su autoridad divina provienen de la obra interna del Espíritu Santo, quien da testimonio en nuestros corazones por medio de la Palabra y con ella.
2 Ti. 3:14,15; Jer. 23:28,29; Lc. 16:27-31; Jn. 6:63; 1 P. 1:23-25; He. 4:12,13;Dt. 31:11-13; Jn. 20:31; Gá. 1:8,9; Mr. 16:15,16; Mt. 16:17; 1 Co. 2:14ss.; Jn. 3:3; 1 Co. 2:4,5; 1 Ts. 1:5,6; 1 Jn. 2:20,21, con v. 27.

Que todo el consejo de Dios tocante a todas las cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y la vida, está expresamente expuesto o necesariamente contenido en las Sagradas Escrituras; a las cuales nada, en ningún momento, ha de añadirse, ni por nueva revelación del Espíritu ni por las tradiciones de los hombres. Sin embargo, reconocemos que la iluminación interna del Espíritu de Dios es nece-saria para un entendimiento salvador de las cosas reveladas en la Palabra, y que hay algunas circunstancias tocantes a la adoración de Dios y al gobierno de la Iglesia, comunes a las acciones y sociedades humanas, que han de determinarse conforme a la luz de la naturaleza y de la prudencia cristiana, según las normas generales de la Palabra, que han de guardarse siempre.

2 Ti. 3:15-17; Dt. 4:2; Hch. 20:20,27; Sal. 19:7; 119:6,9,104,128; Jn. 6:45; 1 Co. 2:9-14; 1 Co. 14:26,40.

Que la regla infalible de interpretación de las Escrituras la constituyen las propias Escrituras; y, por consiguiente, cuando surge una duda respecto al verdadero y pleno sentido de cualquier pasaje bíblico (que no es múltiple, sino único), éste se debe buscar en otros pasajes que se expresen con más claridad aplicando el método gramático-histórico literal de interpretación bajo la iluminación del Espíritu Santo. Es responsabilidad de cada creyente determinar cuidadosamente la verdadera intención y el significado de las Escrituras, reconociendo que la aplicación adecuada es una obligación para cada generación. Las Escrituras están para juzgar a los hombres; y nunca los hombres para juzgar las Escrituras.

Is. 8:20; Jn. 10:34-36; Hch. 15:15,16; Jn. 7:17; 16:12-15; 1 Cor. 2:7-15; 1 Jn. 2:20.

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El hombre

Que el hombre fue directa e inmediatamente creado por Dios a su imagen y semejanza. El hombre fue creado libre de pecado con una naturaleza racional, con inteligencia, voluntad, determinación personal y responsabilidad moral para con Dios.
(Génesis 2:7, 15–25; Santiago 3:9).

Que la intención de Dios en la creación del hombre fue que el hombre glorificara a Dios, disfrutara de la comunión con Dios, viviera su vida en la voluntad de Dios, y de esta manera cumpliera el propósito de Dios para el hombre en el mundo.
(Isaías 43:7; Colosenses 1:16; Apocalipsis 4:11).

Que en el pecado de desobediencia de Adán a la voluntad revelada de Dios y a la palabra de Dios, el hombre perdió su inocencia, incurrió en la pena de muerte espiritual y física; se volvió sujeto a la ira de Dios; y se volvió inherentemente corrupto y totalmente incapaz de escoger o hacer aquello que es aceptable a Dios fuera de la gracia divina. Sin poder alguno para tener la capacidad en sí mismo de restauración, el hombre está perdido sin esperanza alguna. Por lo tanto, la salvación es en su totalidad la obra de la gracia de Dios por medio de la obra redentora de nuestro Señor Jesucristo.

(Génesis 2:16–17; 3:1–19; Juan 3:36; Romanos 3:23; 6:23; 1 Corintios 2:14; Efesios 2:1–3; 1 Timoteo 2:13–14; 1 Juan 1:8).

Que siendo Adán y Eva la raíz de la raza humana, y estando por designio de Dios en lugar de
toda la humanidad, la culpa del pecado fue imputada y la naturaleza corrompida transmitida
a toda la posteridad que descendió de ellos mediante generación ordinaria, siendo Jesucristo la única excepción. Los hombres de todas las épocas son por tanto concebidos en pecado, y por naturaleza hijos de ira, siervos del pecado, sujetos a la muerte y a todas las demás desgracias –espirituales, temporales y eternas–, a no ser que el Señor Jesús los libere.
(Ro. 5:12ss.; 1 Co. 15:20-22; Sal. 51:4,5; 58:3; Ef. 2:1-3; Gn. 8:21; Pr. 22:15; Job 14:4; 15:14).

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La salvación

Que la salvación es un regalo de Dios, obtenida por gracia solamente ("Sola Gratia"), a través de la fe solamente ("Sola Fide") (Efesios 2:8-9), en Cristo solamente ("Solus Christus") (2 Timoteo 1:9), por la voluntad soberana de Dios solamente y para la Gloria de Dios solamente ("Soli Deo Gloria") (Efesios 1:4-6; Juan 1:12-13; 6:44; Romanos 9).

Que Dios, "nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin manchas delante de él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de Su voluntad para la alabanza de la Gloria de su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el amado (Efesios 1:4-6). Aunque la salvación es una decisión divina que depende solamente de la gracia soberana de Dios, la Palabra enseña que el hombre es responsable de sus acciones (Juan 3: 36; Santiago 1:13-14). Dios le ha dado el privilegio de cooperar en la proclamación de su plan de salvación (Efesios 2:10 y 3:10).

REGENERACIÓN
Que la REGENERACIÓN es una obra sobrenatural del Espíritu Santo mediante la cual la naturaleza divina y la vida divina son dadas (Juan 3:3–7; Tito 3:5). Es instantánea y llevada a cabo únicamente por el poder del Espíritu Santo a través de la Palabra de Dios (Juan 5:24), cuando el pecador en arrepentimiento, al ser capacitado por el Espíritu Santo, responde en fe a la provisión divina de la salvación. La regeneración genuina es manifestada en frutos dignos de arrepentimiento que se demuestran en actitudes y conducta justas. Las buenas obras serán su evidencia apropiada y fruto (1 Corintios 6:19–20; Efesios 2:10), y serán experimentadas hasta el punto en el que el creyente se somete al control del Espíritu Santo en su vida a través de la obediencia fiel a la Palabra de Dios (Efesios 5:17–21; Filipenses 2:12b; Colosenses 3:16; 2 Pedro 1:4–10). Esta obediencia hace que el creyente sea conformado más y más a la imagen de nuestro Señor Jesucristo (2 Corintios 3:18). Tal conformidad llega a su clímax en la glorificación del creyente en la venida de Cristo (Romanos 8:17; 2 Pedro 1:4; 1 Juan 3:2–3).

ELECCIÓN
Que la ELECCIÓN es el acto de Dios mediante el cual, antes de la fundación del mundo, Él escogió en Cristo a aquellos a quienes Él en su gracia regenera, salva, y santifica (Romanos 8:28–30; Efesios 1:4–11; 2 Tesalonicenses 2:13; 2 Timoteo 2:10; 1 Pedro 1:1–2). Enseñamos que la elección soberana no contradice o niega la responsabilidad del hombre de arrepentirse y confiar en Cristo como Salvador y Señor (Ezequiel 18:23, 32; 33:11; Juan 3:18–19, 36; 5:40; Romanos 9:22–23; 2 Tesalonicenses 2:10–12; Apocalipsis 22:17). No obstante, debido a que la gracia soberana incluye tanto el medio para recibir la dádiva de salvación como también la dádiva misma, la elección soberana resultará en lo que Dios determina. Todos aquellos a quienes el Padre llama a sí mismo vendrán en fe y todos los que vienen en fe, el Padre los recibirá (Juan 6:37–40, 44; Hechos 13:48; Santiago 4:8). Enseñamos que el favor inmerecido de Dios que otorga a pecadores totalmente depravados no está relacionado con ninguna iniciativa de su parte ni a que Dios sepa lo que puedan hacer de su propia voluntad,
sino que es absolutamente a partir de su gracia soberana y misericordia, sin relación alguna a cualquier otra cosa fuera de Él (Efesios 1:4–7; Tito 3:4–7; 1 Pedro 1:2).
Enseñamos que la elección no debe ser vista como si estuviera basada meramente en la soberanía abstracta. Dios es verdaderamente soberano pero Él ejercita esta soberanía en armonía con sus otros atributos, especialmente su omnisciencia, justicia, santidad, sabiduría, gracia, y amor (Romanos 9:11–16). Esta soberanía siempre exaltará la voluntad de Dios de una manera que es totalmente consistente con su persona como se revela en la vida de nuestro Señor Jesucristo (Mateo 11:25–28; 2 Timoteo 1:9).

JUSTIFICACIÓN
Que la JUSTIFICACIÓN ante Dios es un acto de Dios (Romanos 8:33) mediante el cual Él declara justos a aquellos que, mediante la fe en Cristo, se arrepienten de sus pecados (Lucas 13: 3; Hechos 2:38; 3:19; 11). : 18; Romanos 2: 4; 2 Corintios 7:10; Isaías 55: 6–7) y le confiesan como Señor soberano (Romanos 10: 9–10; 1 Corintios 12: 3; 2 Corintios 4: 5; Filipenses 2: 11). Esta justicia está separada de cualquier virtud u obra del hombre (Romanos 3:20; 4: 6) e involucra la imputación de nuestros pecados a Cristo (Colosenses 2:14; 1 Pedro 2:24) y la imputación de la justicia de Cristo a nosotros. (1 Corintios 1:30; 2 Corintios 5:21). De esta manera, Dios puede "ser justo y el que justifica al que tiene fe en Jesús" (Romanos 3:26).

SANTIFICACIÓN
Que todo creyente es santificado (apartado) para Dios por medio de la justificación y por lo tanto declarado santo e identificado como un santo. Esta santificación es posicional e instantánea y no debe ser confundida con la santificación progresiva. Esta santificación tiene que ver con la posición del creyente, no con su vida práctica actual o condición (Hechos 20:32; 1 Corintios 1:2, 30; 6:11; 2 Tesalonicenses 2:13; Hebreos 2:11; 3:1; 10:10, 14; 13:12; 1 Pedro 1:2). Enseñamos que por la obra del Espíritu Santo también hay una santificación progresiva mediante la cual el estado del creyente es traído a un punto más cercano a la posición que disfruta por medio de la justificación. A través de la obediencia a la Palabra de Dios y la capacidad dada por el Espíritu Santo, el creyente es capaz de vivir una vida de mayor santidad en conformidad a la voluntad de Dios, volviéndose más y más como nuestro Señor Jesucristo (Juan 17:17, 19; Romanos 6:1–22; 2 Corintios 3:18; 1 Tesalonicenses 4:3–4; 5:23). Con respecto a esto, enseñamos que toda persona salva está involucrada en un conflicto diario—la nueva naturaleza en Cristo batallando en contra de la carne—pero hay provisión adecuada para la victoria por medio del poder del Espíritu Santo quien mora en el creyente. No obstante la batalla permanece en el creyente a lo largo de esta vida terrenal y nunca termina por completo. Toda afirmación de que un creyente puede erradicar el pecado en su vida en esta vida, no es bíblica. La erradicación del pecado no es posible, pero el Espíritu Santo provee lo necesario para la victoria sobre el pecado (Gálatas 5:16–25; Efesios 4:22–24; Filipenses 3:12; Colosenses 3:9–10; 1 Pedro 1:14–16; 1 Juan 3:5–9).

SEGURIDAD
Que todos los redimidos, una vez que han sido salvos, son GUARDADOS por el poder de Dios y de esta manera están seguros en Cristo para siempre (Juan 5:24; 6:37–40; 10:27–30; Romanos 5:9–10; 8:1, 31–39; 1 Corintios 1:4–8; Efesios 4:30; Hebreos 7:25; 13:5; 1 Pedro 1:5; Judas 24). Enseñamos que el privilegio de los creyentes es regocijarse en la certidumbre de su salvación por medio del testimonio de la Palabra de Dios, el cual, no obstante, claramente nos prohíbe el uso de la libertad cristiana como una ocasión para vivir en pecado y carnalidad (Romanos 6:15–22; Gálatas 5:13, 25–26; Tito 2:11–14).

SEPARACIÓN
Que a lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento claramente se llama a la separación del pecado, y que las Escrituras claramente indican que en los últimos días la apostasía y la mundanalidad se incrementarán (2 Corintios 6:14–7:1; 2 Timoteo 3:1–5; 1 Timoteo 4:1–3).
Enseñamos que a partir de una profunda gratitud por la gracia inmerecida de Dios que se nos ha sido otorgada y debido a que nuestro Dios glorioso es tan digno de nuestra consagración total, todos los salvos deben de vivir de tal manera que demostremos nuestro amor reverente a Dios y de esta manera no traer deshonra a nuestro Señor y Salvador. También enseñamos que Dios nos manda a que nos separemos de toda apostasía religiosa, prácticas mundanas y pecaminosas (Romanos 12:1–2; 1 Corintios 5:9–13; 2 Corintios 6:14–7:1; 1 Juan 2:15–17; 2 Juan 9–11). Enseñamos que los creyentes deben de estar separados para nuestro
Señor Jesucristo (2 Tesalonicenses 1:11–12; Hebreos 12:1–2) y afirmar que la vida cristiana es una vida de justicia obediente que refleja la enseñanza de las Bienaventuranzas (Mateo 5:2–12), así como una búsqueda continua de santidad (Romanos 12:1–2; 2 Corintios 7:1; Hebreos 12:14; Tito 2:11–14; 1 Juan 3:1–10).

LAS DOCTRINAS DE LA GRACIA
Unos 100 años después de que la Reforma Protestante explotara en Europa, en 1517, el Sínodo de Dort tuvo lugar en Holanda. El motivo de esta convención fue discutir el crecimiento de una nueva y diferente doctrina en la Iglesia Reformada Holandesa: el arminianismo. La agenda de discusión incluía cinco temas fundamentales: la depravación total del hombre, la elección incondicional, la expiación limitada, la gracia irresistible, y la perseverancia de los santos. Al finalizar el sínodo, Jacobo Arminio y su enseñanza habían sido oficialmente rechazados por la Iglesia.
De estos cinco puntos sale el acróstico TULIP (tulipán, en inglés), que abarca de manera simplificada y concreta la teología reformada.
Como cristianos, no nos atenemos a nada más que a la Palabra del Señor, y solo la Biblia es nuestra autoridad suprema. Las doctrinas de la gracia nos dan madurez, nos ayudan en la santificación y abonan nuestro crecimiento, pero el evangelio es lo único que nos da vida.

Depravación total

Depravación total

Total depravity

La Biblia presenta al hombre, no solo como un ser pecador que se rebela constantemente contra la ley de Dios, sino también como alguien que no puede ni quiere cambiar la condición en la que se encuentra. Pablo dice en Romanos 3:10-12 que en el mundo entero no hay un solo hombre que sea justo, ni uno solo que entienda o que busque a Dios. Muchas personas buscan cosas que tendemos a asociar con Dios, como la paz interior o la felicidad. Pero ningún ser humano busca al Dios de la Biblia por su propia inclinación natural porque venimos al mundo espiritualmente muertos (Ef. 2:1).

Es claro que el hombre totalmente depravado pudiera ser muy religioso y filántropo. Él puede orar, dar limosna y ayunar, como Jesús enseñó (Mateo 6:1-18). Pero toda su religión es rebelión contra los mandamientos de su Creador si no proviene de un corazón como el de un niño, confiado en la libre Gracia de Dios. La religión es una de las principales formas que el hombre usa para ocultar su indisposición de abandonar su auto dependencia y depositar todas sus esperanzas en la inmerecida misericordia de Dios (Lc. 18:9-14; Col. 2:20-23).

El pecador no viene a Cristo porque no quiere hacerlo; y porque no quiere, tampoco puede. Esa es la clara enseñanza del Señor Jesucristo en Juan 6:44: “Nadie puede venir a Mí si no lo trae el Padre que Me envió”. Es imposible que vengan, a menos que Dios los traiga, porque todo lo que surge de nuestra naturaleza no regenerada es “enemistad contra Dios”, dice Pablo en Romanos 8:7, de tal manera que no quieren ni pueden sujetarse a la ley de Dios. Desde el primer pecado cometido en el huerto del Edén, el hombre quiere ser su propio Dios, por lo cual es imposible para ese hombre humillarse y someterse al Dios vivo y verdadero.

Las doctrinas del pecado y la depravación total del hombre están más que bien representadas en ambos testamentos (Is. 53:6; 2 Cr. 6:36; Ro. 3:9-12; 1 Jn. 1:8,10; Mr. 10:18; Miq. 7:2-4; Jer. 17:9; Mt. 15:19; Gen. 6:5, 8:21).

Elección incondicional

Elección incondicional

Unconditional election

Dios elige a quien Él quiere elegir. Este es uno de los puntos más conflictivos, sin embargo, está muy ligado al anterior. Debido a que estamos muertos —literalmente inhabilitados de tomar cualquier tipo de decisión que nos ayude— la única salida a nuestra muerte espiritual es que Dios nos saque de ella (2 Ti. 1:9). Si realmente creemos que somos malos, no tenemos derecho a quejarnos de que Dios ejerza su gracia soberanamente.

La elección incondicional simplemente significa que Dios escoge dar vida eterna sin haber visto nada bueno en los elegidos. Jesús confirma esta enseñanza: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí, y el que a mí viene, nunca será echado fuera” (Jn. 6:37). Venir a Jesús no es una condición que cumplimos para ser aptos para la elección. Es el resultado de la elección. El Padre ha elegido a sus ovejas. Son suyas. Y Él se las da al Hijo. Por eso vienen. “Nadie puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (Jn. 6:65). “Ustedes no me escogieron a Mí, sino que Yo los escogí a ustedes”.

Esta verdad no invalida la evangelización, por el contrario, la impulsa. No importa cuán perdida esté una persona, Dios es poderoso para hacerlo renacer de nuevo y darle fe en Cristo. Él escogió hacer eso desde antes de la fundación del mundo. Esta verdad nos lleva a predicar con más denuedo sabiendo que los propósitos de Dios para nuestro evangelismo se cumplirán, y que Él es soberano para llevar su salvación a cualquiera.

(Jn. 15:16; véase Juan 17:2, 6, 9; Gálatas 1:15; Ro. 9:15-16; Ef. 1:4-5; 1 Tes. 1:4-5; 2 Tes. 2:13; 1 Cor. 1:27-29).

Expiación limitada

Expiación limitada

Limited atonement

La muerte de Cristo paga por todos los pecados de los que han sido elegidos. El perdón de los pecados está disponible para todos los pecadores, pero solo paga por aquellos que el Padre ha predestinado desde la fundación del mundo. Esta doctrina también es conocida como expiación “específica” o “particular”.

Más allá, en escritos de algunos de los grandes reformadores como Juan Calvino, John Owen y Charles Hodge vemos: “Suficiente para todos, efectivo para algunos”. La expiación de Cristo es suficiente para que toda la humanidad sea salva (independientemente de si creyeren o no), pero solo es eficiente para los que creen. La sangre de Cristo pudiese salvar a todos, si esa fuese la voluntad de Dios; pero esa no es su voluntad. Esto lo podemos ver en diversos textos (cp. Jn. 6:37-40; Ef. 1:4; Is. 53:11; 2 Cor. 5:21; Jn. 10:11-29; Mateo 1:21; Hechos 20:28 ; Efesios 5:25 ; ).

A menudo el término “redención particular” se considera más favorable, porque el punto de la doctrina no es limitar la misericordia de Dios, sino dejar claro que Jesús no murió en lugar de cada pecador en la tierra, sino por su propio pueblo. El buen pastor da su vida no por las cabras, sino por las ovejas (Jn. 10:11). Es por eso que en Juan 6 está escrito que Jesús vino a salvar a los que el Padre le había dado, y Mateo 1:21 dice que murió por su pueblo, y en Juan 15:13 por sus amigos, y en Hechos 20:28 por la Iglesia, y en Efesios 5:25 por su esposa, y en Efesios 1:4 por los elegidos en Cristo Jesús.

“Porque este fue el consejo absolutamente libre, la voluntad misericordiosa y el propósito de Dios Padre: que la virtud vivificadora y salvadora de la preciosa muerte de Su Hijo se extendiese a todos los predestinados para, únicamente a ellos, dotarlos de la fe justificante, y por esto mismo llevarlos infaliblemente a la salvación” (Canon de Dort, Capítulo 2, VIII).

Gracia irresistible

Gracia irresistible

Irresistible grace

Nadie se puede negar o resistir a la gracia salvadora de Dios. Esta doctrina también se conoce como “llamamiento eficaz”. Cuando la gracia llega, nunca puede ser rechazada: su efectividad es perfecta. Esto significa que si Dios ha elegido a alguien, no hay forma en que esa persona no llegue a ser salva. ¿Quiénes somos nosotros para decirles que ‘no’ al Señor?
“Todos los que Dios predestinó para vida, y solo esos, Él se place, en su tiempo, llamar efectivamente por Su Palabra y el Espíritu… ” (Confesión de Fe de Westminster, Capítulo 10, I).

Hay numerosas equivocaciones con respecto a la Gracia Irresistible. La Gracia irresistible no enseña que los hombres son forzados a Cristo, pero esos hombres, cuándo dados una nueva naturaleza y libertados de su esclavitud pecadora, vendrán voluntariamente a Cristo. No habrá nadie en el cielo que es frustrado porque Dios los forzó a creer tanto como que no habrá nadie en el infierno que está enojado con Dios porque Él no los regeneró. Los incrédulos rechazan a Cristo tanto con voluntad como el regenerado lo acepta. Los elegidos creen sólo por el mensaje de Cristo que hemos sido ordenados de proclamar – ¡no hay ninguna otra manera!

Este es posiblemente uno de los puntos más esperanzadores de toda la teología cristiana: por su poderosa gracia, los que fuimos escogidos, seremos glorificados (Ro. 8:29-30). De la misma manera vemos el poder de la gracia a lo largo de la Escritura (cp. Jn. 6:37, 44, 65; Ro. 11:7; 2 Tes. 13-14; 1 Cor. 1:9; Gal. 1:5).

Perseverancia de los santos
Perseverancia de los santos
Perseverance of the saints

Los elegidos —los realmente salvos— perseverarán hasta el final. ¡Otra gran y esperanzadora verdad! Filipenses 1:6 nos dice, “Estoy convencido precisamente de esto: que el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús”. Esto no se refiere al mal llamado “salvo siempre salvo”, que una vez somos elegidos por Dios podemos vivir como nos venga en gana. Más bien nos dice que, en la soberanía de Dios, aquellos que Él eligió para salvación van a sostener esa confesión de conversión hasta su muerte, perseverando en vidas de santidad. Estas verdades están presentes una y otra vez en la Biblia (cp. Ro. 8:35-39; 2 Pe. 1:10; Jn. 10:28,29; 1 Jn. 3:9; 1 Pe. 1:5,9).
Es importante aclarar que esta doctrina es llamada la perseverancia de los santos, no el libertinaje de los santos. Cuando alguien vive entregado al pecado, en realidad nunca ha sido salvo (1 Juan 3:9). La Biblia es clara cuando dice que debemos perseverar en la fe (Marcos 13:13). No quiere decir que todo aquel que profesa fe en Cristo y que es aceptado como creyente en la comunión de los santos tiene seguridad en la eternidad y puede suponer la seguridad de la salvación eterna. Nuestro Señor mismo estableció un criterio por el cual los verdaderos discípulos pueden ser distinguidos; y el criterio es la continuidad en la Palabra de Jesús (Juan 8:31, 32).

“A quienes Dios ha aceptado en su Amado, y que han sido llamados eficazmente y santificados por su Espíritu, no pueden caer ni total ni definitivamente del estado de gracia, sino que ciertamente han de perseverar en él hasta el fin, y serán salvados eternamente. … Esta perseverancia de los santos depende no de su propio libre albedrío, sino de la inmutabilidad del decreto de elección, que fluye del amor gratuito e inmutable de Dios el Padre” (Confesión de Fe de Westminster, Capítulo 17, I,II).

Esta doctrina le da toda a gloria a Dios y no al hombre. Perseveramos no al mirarnos a nosotros mismos, sino al mirar a Cristo gracias a la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas. Toda la alabanza se la lleva Dios. Esta doctrina nos da gozo, aviva nuestra esperanza y nos llena de profundo agradecimiento a Dios.

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“El cuerpo de Cristo no esta conformado por denominaciones, ni por presbiterios, ni por sociedades cristianas. Está conformado por santos escogidos por Dios desde antes de la fundación del mundo, redimidos por sangre, llamados por su Espíritu, y hechos uno con Jesús”.

Charles Spurgeon